lunes, 4 de agosto de 2014

Despertar


De entre los agujeros de la simiente
se esconde ese brillo tímido y casi invisible,
que pugna por encontrar el modo de salir a superficie
y crece tan milimétricamente que no es perceptible.

Como el movimiento del sol en el cielo,
al igual que la marea del mar
que se vislumbra su falta de rutina,
pero da igual si su paseo sigue el mismo trazado.

El empuje de lo que no puede ser nombrado,
el silencio ante las malas influencias,
el sabor amargo del deseo arrancado
que no cuaja mientras el espacio es trastocado.

Y a pesar de no percibir signos vitales de esperanza,
de tener leves retazos de aplomo y entrega,
cada décima de segundo se miden fuerzas
entre el deber hacer y el salto al vacío,
donde espera el posible premio final,
un espejismo para sentidos atrofiados
que intentan reconducirse en su vaivén enfermizo.

El universo propio cada vez es más pequeño,
el fondo de escenario cada vez más inmenso,
el vacío no es del todo enemigo
mientras que lo pequeño y relativo es dueño.

Subida de una escalera infinita
con unos pasos que dudosamente actúan;
la mano siempre presta a ser tendida
y ese vacío aún sin evolucionar.

Conflictos internos que no terminan,
escombros que no dejan abrir paso
a ese camino nuevo que arar,
a esas grietas de cemento duro y trillado.

Mas lo duro siempre es más frágil
que lo que siempre fue maleable.
Ahora perdido entre un océano olvidado,
rumbo hacia otra tierra fértil y próspera.

Llegará el momento del despertar,
el renacer de las cenizas que alguien encendió,
el movimiento de tierras marchitas
entre un gozo interior, sosegado pero hermoso.

Vendrá a nosotros el momento de sonreír,
de dar la mano a los buenos momentos
y mirar con calma el nuevo suelo,
que poco a poco se ha ido construyendo.

Porque sin voluntad no somos nada,
sin ganas de valorar cada centímetro,
sin confianza certera en la buena fe,
sin buenas almas que enciendan esta nueva hoguera.




_Mey_